Vallem nescire litteras

6 de septiembre de 2009

Treinta


Hoy cumplo 30 años, y no sé qué escribir. Podría tal vez vanagloriar mi nombre, sentirme satisfecha, decir que soy feliz. No quiero. Pero tampoco se trata de enumerar las razones que construyen mi memoria con tabiques de recuerdos miserables. Así que ésta podría ser una carta que no hable de mí, o que sea escrita para ser en realidad una “carta en blanco”, de esas que dicen demasiadas cosas sin una sola palabra…

El otro día una fotografía de cuando tenía 18 años me conmovió el alma. Fue entender lo que significa el antes y el después. Un antes en que en verdad eres el otro de tu propio destino, y un después atemporal, disfórico, pleno tal vez. Y luego comprendí las razones del tiempo, y la extraña ciencia cierta de que uno cambia, madura, desmadura, crece… y entonces ya no es el otro reconocible de la infancia. El otro se ha ido, y nos queda un cascarón, como la piel de una serpiente, dispuesta a dejarnos desnudos, para entonces recrear el nuevo disfraz.

Por diferentes motivos, hoy comienza una nueva etapa en la vida y en el espacio que me corresponde. No sé que lo amerita, no sé nada en realidad. Sólo contemplo mis letras como lo más sagrado que me queda por guardar, y entonces por heredar a algún sueño del futuro. No tengo nada en este momento, nada material, nada que me dé paz en el espíritu, nada que ofrecer: sólo mis palabras. Ese es el sentido de mis 30 años, poder narrarlos, poder ser un cuentacuentos frente al espejo y un payaso para reírme de mí misma, aquí, sin piel, sin tejer aún ningún antifaz. Vulnerable.

Treinta años. Se oye y retumba en el eco. Treinta. Y entonces me doy cuenta que han pasado 15 años desde aquella vez. Y más años ya desde que te conocí, desde que reconocí en tu mirada mi única alegría, mi esperanza para seguir adelante, aunque a veces sea parte del destino decirnos que no. Te agradezco, infinito, magia.

Bien, y todo esto para qué. Para humildemente reconocer que estoy aquí… y me gusta estar viva.

Me abrazo, me celebro, y admito que debajo de toda mi maldad, de todo mi nihilismo y de mis llantos de amargura, nace una sonrisa torcida, llena de fe. ¡Bravo!

4 de agosto de 2009

Joyas kitsch de los setenta

Ahora que mis padres se mudan, los objetos que han aparecido en la vieja casa parecen hablar, murmurar, contar historias hasta macabras de un tiempo pasado que nunca, ni en el sueño de la ficción, podrá volver. Es reconocida mi fascinación por las instances muettes, como Francis Ponge denominaba a los objetos, pero también es sabida la extraña contemplación que me provocan... Así, los objetos desterrados de la casa ha acaparado la mía, acumulándose sin hallar un espacio preciso, pero encontrando su función utilitaria: significar las horas en que en ellos mi pensamiento y memoria se apasionan. Entre libros, vajillas, juguetes y utensilios de diversa índole, uno de ellos ha llamado mi atención: un viejo reloj de banderolas que rescatamos de ser apresado por la bestialidad del reciclaje. La radio del reloj funciona, pero el marcador del tiempo se ha quedado para siempre en las 12:48, no sabemos si del día o de la noche, tampoco sabemos cuál fue el último evento que anunció, o si en el afán de su existencia, simplemente se dejó morir. También hallamos una cámara "de estómago", una verdadera reliquia que jamás volverá a ser útil, puesto que la película no se hace más. Esta cámara se colocaba en la panza para desde allí bajar la mirada a través del lente y enfocar el rostro de la musa para tomar la fotografía... Esa era de mi mamá, y algunas fotos aún permanecen en los viejos álbumes de la infancia. Es una Duaflex II, de Kodak.

Sin embargo, lo más significativo son los libros... Todo lo que usted quiso saber del sexo y temía preguntar, es una verdadera joya setentera; o qué tal el extraño libro ¿Quiere usted comer bien?, donde se defiende la comida naturista y vegetariana, pero con delicadas notas carnívoras como la preparación de un conejo en almendras, o el fiambre de ternera, o las chuletitas de cordero en bechamel... Mi favorita es la abierta obra de 1976 acerca de La educación sexual, donde las imágenes están llenas de comunas hippies: encuerados y saltando con flores en las manos, a través de un campo enorme, con las partes pudendas (diría mi abuelo) también al aire.

Los objetos retratan la cultura del hombre, sus necesidades a través del tiempo; ilustran la magia del consumo, las absurdas ideas del ser humano... su poder, su carácter, su razón. Ahora mi casa es una máquina que atraviesa épocas para detallar el pasado. El librero que ha quedado en la sala, retrata enciclopedias reunidas por mi padre durante años... Mi favorita es una Salvat, de pequeños temas ilustrados, de cien volúmenes. Hoy me siento como Yambo, en busca de mi propia llama para recobrar la memoria; me siento justo como ilustra el libro de Eco, con la extraña sensación de vacío en el píloro, en busca de mi reina Loana.


3 de agosto de 2009

El Maverick de mi papá

En 1974 mi padre compró un Maverick color amarillo. Era un auto deportivo en aquella época, de 8 cilindros, con volante de madera y asientos de una piel ligerita. Tiempo después, en 1979, ese mismo auto cruzó una tormenta para llevar a mi madre al hospital, donde nacería yo en la madrugada del 6 de septiembre. Cuando era niña, yo cabía de pie en la parte trasera del Maverick, y recuerdo colocar mi cabeza en el asiento de mi padre que manejaba con una tranquilidad inaudita. También tengo en la memoria cómo rasqué en mis manías la parte de arriba del forro del auto, donde mi papá finalmente colocó cinta aislante para tapar el agujero que había hecho. Cuando inicié la secundaria, ese mismo coche me llevaría a mi primer día de clases, al segundo, al tercero... así durante tres años, cada mañana. Nunca falló. Lo mismo hizo al llevarme a la preparatoria por otros tres años, todos los días, a las 6 de la mañana. El auto comenzó a ser parte de un juego familiar. Mi hermano y yo solíamos tomar su parte trasera como una resbaladilla, y nos sentábamos, en ocasiones, en el volante, donde imaginábamos partir muy lejos, a miles de kilómetros por hora, huyendo de terribles y viejos dinosaurios. Un día el auto amigo cumplió su primera vuelta al mundo... También se convirtió en un objeto bienamado, no por su materialidad, sino por los tiernos recuerdos que albergaba en toda su constitución. "El amarillo", al pasar de los años, aún viejo y descascarado, se volvió un clásico. Mi padre lo tenía afuera de la casa, y en ocasiones le preguntaban si lo vendía. Él, con su ánimo hinchado, orgulloso, decía que no. Cuando era niña, un día le dije a mi papá que quería que ese coche me llevara a la iglesia, como una princesa, al día de mi boda. Sin embargo, el viejo Maverick prefirió llevarme a un desfile de clínicas y hospitales... Jean Baudrillard cita que los objetos tienen un alma que crea las relaciones con el hombre. Esto es verdad, el auto de mi padre parecía tener un espíritu irrevocable, capaz de adquirir los instantes de cada uno de nosotros.

El otro día, ante la nueva etapa de vida de mis padres, ante los vientos fuertes de cambio, mi papá me habló por teléfono. El Maverick se había ido. Quise pensar en ese auto como un simple objeto, como un bien material que se ha vendido, como tantas cosas en el mundo. Pero no pude evitar abrir mi memoria y sentir que algo que pertenecía a la historia de nuestras vidas sería de otra persona. Que quizá regrese a su antigua gloria, es algo cierto, pero que vuelva a tener la esencia de mi familia y que regrese a su vieja función de resbaladilla, eso no será posible. Todos sus agujeros, su color deslavado, su viejo motor, cada parte de ese Maverick 74, sin duda se guardará en mis recuerdos, como los viejos amigos que nunca fallan, aún estando lejos.

Imagen: Mi hermano resbalándose por la cajuela del viejo Maverick

1 de agosto de 2009

Noche de Viento versal

Grandes amigos


Paula Zulaica y Angélica Maciel

21 de julio de 2009

Presentación del libro Viento versal de Angélica Maciel


Viernes 31 de julio de 2009
Bar MalaSangre

Calle 8 de Julio 330, entre Miguel Blanco y Libertad

Zona Centro

Presentan Paula Zulaica y Diego Villaseñor

Viento Versal es un libro de Editorial La Zonámbula

18 de julio de 2009

Hacia el sur la muerte

Yo conozco tu entera voluntad,
aquella que desentramas todos los días
para morirte siempre,
para vengarte a cada minuto de los astros,
para matar, quitándoles los pelos, a los niños envidiosos.
Conozco además tu alma acordonada,
la que no me presta paso, la que no deja
entrar al amigo, al hermano, al santo,
alma de llagas invencibles, de tenues eternidades
que persiguen al desertor para llevarlo
a la cúrspide de Sísifo.
Yo sé de tus caminos, de tus fuertes si río,
de tus vestidos sin castillo al aire,
sé de tu vagabunda presencia en todos lados,
y de tu presunción ante las tardes de otoño,
ante la desgracia, ante los laberintos.
Mujer, mujer de gozo y pena, de infantil recuerdo
y de memoria encandilada, no llegues ahora con la dicha
a estos brazos enfermos,
no mitigues con tu voz
estos sueños dormidos,
y no me canses con el eco retumbante del deseo.
Acaso ven, vente para decirme adiós,
para besarme la boca como una mariposa silente
y tocar mi mano vieja con el húmedo musgo de la tuya.
Mujer, huye, ve hacia el Sur,
arrastra a la luna en los hilos de tu ropa,
recrea la noche ansiosa en otros cielos,
ya no aquí, ya no más.
Aquí lo único que queda es rastro de tu sangre,
verde, amarilla, que brota de mis uñas, mi carne,
mis desvelos… Aquí, lo único que permanece
es tu llanto envuelto en maravillas entre mis ojos,
en el corazón anciano,
en las ganas desvanecidas…
Aquí desfallece tu mar, tu canto, y mi triste
capacidad de asombrarme de la vida.


Angélica Maciel

16 de julio de 2009

Palabras insomnes

Hace tiempo leí en un libro que es la memoria y la falta de olvido la que ocasiona el estado de vigilia. También leí que la voz no guarda el recuerdo, como la función de la radio, y que, sin embargo, en los libros las palabras quedaban grabadas en la eternidad: "las palabras congeladas de Pantagruel", decía. Esta noche mi memoria se encuentra en una rápida avenida, en un eje central, en un camino sin retorno. No puedo dormir. Siento que las palabras se quedan estáticas en mi mente, como la Reina Roja de Alicia, cuya inmovilidad se debía a su funesta carrera en el tiempo. Hace meses que no probaba un sorbo de café hecho a la medida para perder por un instante la parte ecuánime de la razón. Y hoy, que he probado un trago negro, me doy por desvalida, por inquietante, por noctámbula. Si bien la vigilia es rutina, esta noche es en realidad diferente: hay motivos suficientes para no querer dormir por voluntad. Hay tantas ideas, tantas "palabras congeladas", tanta falta de olvido, tantas emociones, que lo único que me resta es estar aquí, a la letra. El insomnio es a veces una necesidad, como si en él se rehiciera el día minuto a minuto; como si en él la vida disminuyera hasta concentrarse en una sola noche. Es el cosmos nocturno el que sin duda me brinda cierta lucidez, cierta empatía con el mundo, cierta compañía. Es este universo el que en ocasiones construye mi voz, no como aquella que se desvanece en la radio al pasar los años, sino como la de mil ecos que retumban en el alma, como si quisieran elevar sus sonidos para cantar, en medio del silencio oscuro, mi nombre.

12 de julio de 2009

Memoria a la infancia

Estoy en busca de los amores de mi infancia. Y me pregunto si cada uno de ellos, al pasar por la casa aquella, detienen su memoria en la ventana, en el cancel caído, en el árbol ausente de la banqueta, tan dueño de las primeras y tímidas caricias que se mudaban al vuelo entre las sombras. Me pregunto si al buscarme encuentran mi nombre exacto, y si recuerdan las magníficas monedas que juntábamos durante días para ir a comer hamburguesas, o para asistir a las pequeñas obras de teatro de la vieja casona de El Venero. A veces me detengo en una hora del día en imaginar sus caras, y regresan nítidas en mi cabeza con los 15 años en la mirada, con la adolescencia entre las piernas y el tenue calor de las largas caminatas en el bosque. Los sueños, a los 30 años, vuelven como si fueran mariposas amarillas, como si los retratos del pasado fueran un gran foco que las hiciera volar alrededor… Cómo deseo saber su presente, saber que se encuentran bien, y que comparten, como yo, los momentos de sus ensoñaciones con mis primeras palabras de callado amor. Yo, si alguno de ellos leyera estas palabras, me casé hace cinco años y soy feliz. Tengo un esposo, una hija, un perro, una casa… y trabajo con lo que más amo: los libros y las palabras. He pasado por momentos muy difíciles, y también he estado a punto de morir. He cultivado una familia y he publicado el libro aquel del que tantas veces les conté. A veces, cuando se tiene el tiempo y no llueve, salimos al parque a patinar; en otras ocasiones me siento en silencio ante una hoja de papel y escribo… a veces me duele el alma. No sé si ustedes me recuerden, no sé si aún al ver mi rostro en su mente sienten la alegría infinita de la capacidad de asombro, el dolor que alguna vez sentimos al separarnos, o la volatidad del tiempo, que aún corre transformando nuestras vidas.

27 de junio de 2009

De finales y otros tigres

Desde que leí El tigre en la casa, de Eduardo Lizalde, veo tigres en el quicio de las puertas. Veo rayas en los mosaicos de la pared; escucho tremendos ruigidos a través del cristal de la vitrina. Finalmente los tigres de mi mente se soltaron y dejaron sus huellas por toda la casa. La cuestión de estos enormes felinos, es que en su grandeza esconden parte del mar, y que, como las tortugas, guardan entre su cuerpo parte de la trascripción del universo... también dirigen el final de los hombres. Hoy mis finales son demasiados. Hoy, por ejemplo, es una tarde de paz después de lidiar toda la semana con erratas; después de pelear todo el mes con el último semestre de la maestría; después de entrar en lucha conmigo misma por más de un año. Hoy el tigre todo lo acomoda. De la cama a la cocina ha dejado sus pelos, pero también el oleaje en el aire de su cola, su sabiduría, su plenitud. Mis finales van desde lo más inútil como cumplir un año sin fumar, bajar tres kilos y volver a tener tiempo para lo que me plazca por las tardes, hasta los que son más orgullosos: terminar el posgrado, haber terminado la tesis, tener paz emocional... Sin embargo, el último final (valga la redundancia) es donde la garra del tigre ha puesto su empeño: la presentación de Viento versal. Esto, después de casi ocho años de escritura, por fin va a emitir rugido, de esos que rompen ya no sólo cristales, sino almas enteras. Yo pretendo que los finales en mi vida sean comienzos de otras cosas, sean el inicio de expresar gratitud por lo recibido, por lo que no ha llegado, por los sueños. Espero, sin lugar a dudas, que el último tigre de mi vida aún no tenga colmillo, y sea inocente cachorro, ingenuo de todas las muertes.

29 de mayo de 2009

Bosquejo

No sé si te lo han dicho,
pero el amanecer de tus pájaros
despierta a la tierra para que siembre árboles,
para que riegue con su luz al cosmos
y a los jardines colgantes de ciudades eternas.
Es probable que no lo sepas, que no me conozcas,
que no me imagines,
pero yo cada luna alta espero el canto
de las ballenas que emergen,
para no morirse,
de tus sueños.
Yo, a cada rato, alzo la mirada para verte,
para detrás de la barda infantil
prender mis ojos en tu pelo,
como si fueran las estrellas vigilantes de tus pensamientos.
No sé si te lo han dicho,
seguro es cierto que uno que otro ha puesto
sobre tu rostro el llanto y la extrañeza
para robarte el gesto y la sonrisa…
pero también es cierto que tú callas como una niña
que lejana duerme en una torre,
mientras viejos monstruos
se alimentan de sus zapatos
debajo de la cama.
Tal vez lo sepas, no lo sé,
pero ahora que la muerte ronda el edificio,
que el viento cae de la azotea,
como un suicida en sábanas blancas,
he de decirte cómo cada mañana
enciendo mi voz para entregarte
una palabra que derrumbe tu alma,
una razón para que no te vayas,
para que no te pierdas al vuelo,
como una hilera de fantasmas
de esos que deambulan en las esquinas
de los parques tristes.

Angélica Maciel

8 de mayo de 2009

Desalado

...hay aburrimiento en la palabra,
porque siempre es eco que te regresan
envuelto en telarañas...

Lito

Los días cansan.
Los días duelen...
y en años el dolor se transforma en costra.
Mal hecho el haberme conocido a mí misma,
castigo para los que se han empeñado en saber mi nombre.
Mi letra no es cabal en el instante,
está mellada por el mundo, por la vida, por su gente clandestina;
por esa tristeza hermosa de la que me he enamorado
y a la que he acariciado en una tierna profecía.
Mi alma es un fin último,
ha consagrado la poesía absurda que nadie,
jamás,
entendería...
ni el alma más sola en este segundo,
podría intentar descifrar mis palabras ni mi sentencia.
Tendrán a la amiga cantando «feliz cumpleaños»...
pero sólo los espíritus libres y las cabezas agrandadas
podrán amar a la muerta
que entona un himno al patetismo,
a las sombras que habitan este universo.
¿Cómo hacer santa o venerable tanta melancolía?
Hincándonos a rogar a lágrima viva
por un cuerpo perdido que anda en el monótono espacio.
Los que conocen y por lo tanto aman a este ente de suspiro eterno,
sabrán que los milenios son aire que expide la basura humana.
Los que fingen serán condenados al infierno
de con los labios sonreír al viento pútrido que vuela atrapado,
y cíclico,
en un mundo inexistente.
No me quedan ganas...
el hartazgo de tanta pobreza de espíritu me cura los espantos.
Me tienen a fuerzas del espasmo, del infarto...
¡qué dulce sería la gente amando a la muerte!
Que ame mi muerte.
Que haga el amor con mi cadáver,
envuelto en firmamento
y tenues destellos olorosos a pasado.
Pero no hay amigos que en pleno saboreen
el necrófilo anhelo de toda mi boca en silencio.
No hay amante perfecto.
No hay amante que en sabio sacrilegio
ayude con sus labios a la bendición de una alma
que implora el descanso eterno.
No hay amante que ame la sabiduría de las lágrimas noche a noche...
no hay amante alguno que diga mi nombre
en una plegaria salvando lo que no he sido
como una prueba sublime de la pertenencia.
Me tienen aquí, viva,
por una terquedad de corazones al vacío,
¡qué miseria!
Me son irreconocibles.
Me tienen dando vueltas en un espiral negro.
Negro.
Abismal.
Hablan de la eternidad y, sin embargo, no creen.
Una alma que sobrevive por los demás... volando.
Es un absurdo insufrible, no justo.
¿Quieren vivir?, locos,
lo tolero, pero no condenen a los otros
a la sonrisa perfecta y cotidiana,
al trabajo benevolente, a la caricia etérea, al abrazo incesante...
La muerte tiene su experiencia,
es buena,
yo la he visto penetrar por la ventana en noches de abandono como ésta.

—los he amado, les he enseñado,
les he dado, les he escrito... —

Ya está hecho.
Me desvelo esta noche para mañana fingir a otra.
...tormentos, he aprendido...
es el momento.

quizá sea un ser incompleto...

...pero tenemos la conciencia de cada minuto
y de todo lo que hacemos.


Quizá así el vuelo sea más alto.

Angélica Maciel

15 de abril de 2009

Luis de Sandoval y Zapata, poeta criollo. Interpretación de Angélica Maciel

En los sonetos de Luis Sandoval y Zapata (criollo, 1624?-1671) (Hallados por Plancarte; los 29 se encuentran publicados en Muerte y desengaño de la poesía mexicana de José Pascual Buxó, México, UNAM, 1975), se expresa “la conciencia torturada por el quevediano ‘recuerdo de la muerte’ ”, asimismo es una poesía que se avoca a la comprobación de la permanencia de lo fugitivo; nombra las experiencias del mundo. Enlazado más con Quevedo que con Góngora, Luis Sandoval y Zapata, a pesar de ser señalado como un poeta que trabajó la poesía amorosa, expresa en sus poemas el problema metafísico, la muerte, “la enfermedad del tiempo”, el desconsuelo existencial y la fugacidad de la belleza.
Transcribo un soneto, que tomo de Buxó de la página 133, que me ha fascinado en parte por su hermetismo en parte por la tremenda idea de expresarse dentro de la metafísica en el barroco (nótese acento en segunda y sexta):


A la materia prima


Materia que de vida te informaste,
¿en cuántas metamórfosis viviste?
Ampo oloroso en el jazmín te viste
y en la ceniza pálida duraste.


Después que tanto honor te desnudaste,
rey de las flores, púrpura vestiste;
en tantas muertas formas no moriste,
tu ser junto a la muerte eternizaste.


¿Qué discursiva luz nunca despiertes
y no mueras al ímpetu invisible
de las aladas horas, homicida?


¿Qué no eres sabia junto a tantas muertes?
¿Qué eres, naturaleza incorruptible,
habiendo estado viuda a tanta vida?


Mi humilde interpretación se basa en la posibilidad de que Sandoval y Zapata leyera a Tito Lucrecio Caro o conociera la doctrina de Epicuro. La materia primigenia, la materia de lo que todo está formado, la materia mínima y básica es el átomo. Esta materia prima es la que forma los seres vivos, la que los transforma. En Ampo oloroso en el jazmín te viste y en la ceniza pálida duraste, se observan quizá ejemplos de la transformación: esa misma materia formó parte de la blancura resplandeciente del jazmín y al tiempo es parte de la oscura ceniza, es parte de la vida y de la muerte, donde es también infinito. En Después de tanto honor te desnudaste, rey de las flores, púrpura vestiste: después de que la materia pierde sus propiedades, su beldad, su esencia, su reinado, vuelve a investirse como rey perenne, recupera su esencia. Se vacía y se llena. La materia es como una suerte de ave fénix (una figura recurrente en la poesía de Sandoval y Zapata). En otro aspecto,
la materia muere de tantas formas y tantas veces que logra la eternidad, o conserva su ser junto a la muerte, que es su compañera: nunca se destruye. Finalmente, el cuestionamiento de cuán sabia es la materia que ha sobrevivido al lado de tantas muertes, de tantas transformaciones. La materia es tan vieja como el tiempo. ¿Cuán sabia eres tú, materia, que hasta has sobrevivido al tiempo? ¿Qué eres, naturaleza incorruptible, habiendo estado viuda a tanta vida?: La misma pregunta ontológica del ser frente al no ser, frente a la esencia que lo construye, a la naturaleza incorruptible del átomo: ¿qué eres que acompañas a la vida y no mueres?

11 de abril de 2009

2009, año internacional de la astronomía

De la voz y el pensamiento de Carl Sagan...

10 de abril de 2009

El habla habla

En De camino al habla, Heidegger consuma el habla en lo hablado puro, que es el poema; sin embargo, en lo hablado no termina el hablar, sino que en lo hablado el habla se resguarda. Esa dimensión del resguardo es el punto que en lo particular me hace entrar en la catástrofe epistemológica, en mi inútil entendimiento de la filosofía: el resguardo es la diferencia, un espacio donde se invocan las cosas del mundo, y donde esa diferencia libera, pues, a esas cosas del mundo. Yo me pregunto: ¿es ésta la mediación con la cual el habla trae lo hablado hacia el hombre, el mundo del conocimiento, el poema puro? Dice Heidegger: “Toda verdadera escuha retiene su propio decir”. Con esto intento crear una idea de cómo funciona lo hablado puro, lo consecuente de la poesía, cómo ese espacio de la diferencia nos hace consumar nuestra habla mortal en busca de una correspondencia, un “devolvimiento” de lo que los otros hablan y, por ende, una correspondencia con el universo.

17 de marzo de 2009

El reloj. Bosquejo

El tiempo es una ventana vacía.
Afuera el hombre construye alguna esquina para trenes,
adentro su espíritu solitario juega entre las sombras.
El dolor y la vida, sentados a la mesa, esperan sin decir palabra.
–El agua cava un agujero profundo,
la luz es un diminuto fragmento, un átomo,
la arena ha llenado las orillas del mar–.
El tiempo es una ventana vacía.
Uno ve a través de ella y ve el infinito,
el agujero negro que el viento alimenta,
el parpadeo de los ojos, mira la fe y su rastro vago.
Afuera el hombre persigue sus razones, las voluntades de siempre;
adentro fragua su propia luz, su más preciado metal, su llanto.


Angélica Maciel

15 de marzo de 2009

Metamorfosis


Tengo miedo de que un día, por fin, al despertarme sobre mi cama, mis piernas sean las horrendas patas de un himenóptero malogrado, como el de Kafka, que miraba al techo mientras la curva de su espalda lo balanceaba entre las sábanas. El miedo proviene de la obligada metamorfosis de los treinta años, cuando mi corpulencia probablemente llegue al límite porque más allá sólo la muerte. El terror de quedar como la venus de Willendorf no es tan humillante como el hecho de descubrir que los posgrados y los títulos de cualquier cosa significan un fracaso, que el sueño más grande de una vida no puede cumplirse por algo tan vano como el tiempo, o que la tesis en la que has trabajado por dos años finalmente no llegará a ningún lado si no es que a demostrar que los objetos son entes inanimados y superfluos. Tengo miedo de no poder nunca más abrocharme las agujetas. A no comer jamás un dulce miserable. A que se me pare el corazón. A que mis hormonas no soporten más el día en que la metamorfosis de la edad adulta comience. Sin embargo, lo que más temo es perder los recuerdos poco a poco mientras me vuelvo una piedra peleolítica, caer en la amargura de los años y en la desilusión; terminar en cuarto gris de un nosocomio con una estatua afuera de un tipo borderline… Luego perder las palabras o las letras de mi nombre a cambio de la inmortalidad.

27 de febrero de 2009

Disforia temporal

Según Helena Beristáin, la disforia “es un ambiente o estado de ánimo negativo, de pesimismo, descontento, desdichado, desesperado, que se configura en los personajes de una obra literaria”. Así, la disforia temporal sería toda esa aura de maldad pero disuelta en el tiempo. Sería algo así como el periodo en el que todo se trastoca y se pervierte; el tiempo en el que los entes de la obra literaria descienden de lo divino a lo terrenal, donde finalmente terminan encontrando la muerte y entonces la eternidad. Es interesante este concepto porque puede aplicarse con todos sus motivos a la vida que desarrolla un ser humano. Contrario a cuando nos encontramos eufóricos, el estado disfórico nos transforma y nos condena a la tristeza, nos hace estar en la “línea fronteriza, o borderline, de nuestro estado anímico.

El cuento que analizo para la tesis es disfórico, y se dice que el hermeneuta o el analista descubre su tradición y la autoridad de su experiencia en el texto literario. No quiero pensar en que me encuentro en un estado pesimista, pero no estoy alejada del descontento y la decepción. El tiempo en el que me muevo pareciera ser lineal, y no creo que me lleve hacia ningún acto divino, más bien me sacude en la tierra y me acerca a la mortandad. Sin embargo, es en el estado mortuorio donde encuentro mi fortaleza. Es decir, pensar en que la vida se puede acabar me hace despertar del letargo y recordar mi más grande deseo: irme de esta magra ciudad. Y entonces me sacudo las rodillas, me desprendo de la disforia y me encadeno a los sueños. Así es como me pongo a trabajar, recordado dónde quiero estar: lejos, muy lejos, tanto que quizá para algunos me volvería invisible para siempre.

El punto es que a pesar del disforismo existe la alternativa. Los personajes literarios están unidos a la historia que la instancia narrativa ha creado para ellos. Nosotros apenas estamos en las primeras palabras de lo que podría ser el destino, el cuento, el soliloquio, la gran obra de teatro o la ilustrativa fábula de nuestra propia eternidad.

19 de febrero de 2009

Destino recurrente

Las moiras ya lo sabían: el destino es un performance divino. El cortar de las tijeras, el vistazo del ojo, los hilos mortales, todo es un teatro monumental para que el ser humano tiemble, para que el espíritu se consagre como límpida doncella al tiempo, para que uno de vez en vez piense en la horrible posibilidad de un futuro, en la consecuencia, en el karma, en la rueda de la vida, en la fortuna, en la mortandad. Pero hay otro tipo de destino, lejano a las parcas y muy probablemente cercano a las leyes físicas del universo, quizá hasta se encuentre a dos milímetros del planteamiento filosófico de las repeticiones funcionales, o de la ciencia del “demonios-otra-vez-tú”. Es lo que se llama “destino recurrente”. La teoría indica que todos tenemos un destino hecho de recurrencias sea con una persona (a la que estamos atados ad infinitum), una acción, una cosa e incluso un simple nombre o palabra, los cuales a lo largo de nuestra vida se nos presentan como una persecución. Así que el hecho de que usted siempre se golpee en la misma rodilla no es casualidad. Tampoco lo es el encuentro eterno con la misma persona o tener los extraños recuerdos persistentes. No. Todo es obra perfecta del destino infernal que, como el día de la marmota, se repite y se repite y se repite.

El destino recurrente no tiene solución. Fingir amnesia o tenerla clínicamente son buenos recursos, pero no eliminan la terrible insistencia del diario encuentro. Aislarte del mundo y huir de la gente tampoco funciona. Eliminar al ente de la recurrencia quizá no sea política, ética o moralmente correcto. Así que, ¿qué hacer? Quizá, como Giovanni Papini y sus historias acerca del Otro, debemos hacer rentable nuestra agonía o domesticar al ente repetitivo que, como una enfermedad incurable, ha venido a trastocar lo que tan limpiamente el demiurgo tenía preparado para nosotros y nuestra vida.

18 de febrero de 2009

Mal bicho

Hay una canción de Los Fabulosos que se llama Mal bicho. Es “un canto de paz”. Por lo tanto no habla precisamente de un mal bicho, es decir, literalmente. Un mal bicho a la usanza mexicana es una ínfima cucaracha, por ejemplo, y entonces expresar que uno “se siente como cucaracha” tiene distintas connotaciones: te sientes peor-es-nada, te sientes como que miserable, pequeñito, universalmente maltrecho, como un insecto rastrero… un mal bicho (o una chinche). Lejos de las situaciones planteadas por Kaka, sentirte como un insecto por las mañanas no es precisamente un logro literario; no. Sentirte un mal bicho implica que el mundo también es una miniatura de la cual es difícil escapar; es ver todas tus posibilidades sobre la mesa y observar que ninguna es viable hasta que tomes decisiones libertarias y reconozcas cuál es tu medida en el universo. Ahora bien, nadie en el mundo puede levantar la mano y decir que jamás en su vida se ha sentido como una cucaracha. Todos han pasado por la mala racha, por el mal rato, por la vergüenza de verse ante el espejo y mirar, sobre del hombre izquierdo, la imagen terrible de un ser que no sabe quién es. Y es así que me he sentido en estos días: como un ente kafkiano. Y es desesperante, algo triste, y sin duda solitario, ya que las únicas reflexiones posibles son las de uno mismo. Encarar la realidad, cuando uno está por cumplir 30 años, en estos casos es desalentador. Es un círculo cuadrado. Un gran problema. El camino al drama y a la depresión. Te miras los zapatos y tienes atadas, por tus circunstancias, las agujetas. No hay salida. Sin embargo, sentirte un mal bicho te pone en perspectiva: algo sin duda no está bien, algo en tu vida no funciona, no te gusta. Con estos datos, si eres lo suficientemente consciente para salir del estado cucarachil, se puede lograr algo bueno. Estoy en ese estado, en el de entablar relación con lo que soy y con lo que en verdad busco. Atender las acciones es lo complicado. No es tan fácil perder el crédito de un coche, abandonar el trabajo estable, despedirte de los amigos, los padres, el hermano; no es sencillo terminar de pagar deudas, cancelar tarjetas, dejar la casa, irte del país… eso de ser como Alejandro Supertramp no se me da. ¿Finalmente, un mal bicho sueña?, ¿puede pelear?, ¿puede enfrentarse al destino? y ¿puede nunca en su vida haber ido a Praga?

17 de febrero de 2009

Tango...

Pude haber hecho algo distinto. Pero no. No lo hice. Pude estar donde las ciudades son iluminadas por torres gigantes de luz y sin embargo son entidades desiertas. Pude haber escrito una revista entera pero la historia fue otra. Pude haberme lanzado al vacío un día. Ahora no sé muy bien qué hago aquí, y siento que, como la historia de Sainz, bailo un tango tremendo, pero lleno de desasosiego. ¿No ha tenido usted la extraña sensación de no saber quién es? ¿De no saber qué es lo que quiere? Ahora no sé muy bien a dónde voy, y si la azotea es más limpia que la calle larga, o si el viejo beso, añejo como el vino, ya nunca más podrá ser dado. Todo el mundo se va. Todo el mundo es una planta, verde, alta, brillante. Y uno apenas si se mueve entre la tierra, si apenas puede soportar volar, si apenas puede vestirse por las mañanas. Soy un ser extraerrante. Pude haber estado hoy andando otro camino, pero me empecine en los objetos materiales, en la rúbrica de los contratos, en dejar pasar el tiempo; me concentré en el miedo. No faltará quien diga que el hubiera no existe, que hay que ver para adelante, que la fe muere al último, que cada quien marcha al ritmo de un tambor que suena de manera personalizada. Patrañas. A mí que me diga dios qué trama, qué destino miserable le sigue a este día tan cómico, qué paso en falso voy a dar cuando nadie me esté viendo, qué voluntad es la que escribe estas palabras si yo ya estoy en otro lado… A mí que dios me diga si la levedad del ser es a su semejanza o de una vez me voy yendo por donde vine. Espere, todavía no acabo, quisiera expresar mi condolencia por el mundo y enarbolar mi pesimismo, negativismo, noísmo y nihilismo. Condecorarme por alzar la voz de mi subconsciente, ese que, sí señor, es soberbio y se muere de envidia. Probablemente como el de usted. Quisiera decir que sólo soy un humano en su totalidad, cuyo espíritu quisiera ser libre pero ha caído en la cuenta de que es demasiado tarde. Y eso como que le duele y lo retuerce [al espíritu]. Finalmente, ¿quién soy yo para ser el añorado otro que me persigue como Paz a su otro Paz? ¿Quién soy como para vanagloriarme de la pena del otro y de condolerme frente al espejo por la vida que no pudo ser? … que no pudo. Que no fue. Que no es. ¿Quién sino simplemente el misterioso yo?

10 de febrero de 2009

Mosaico

I
…y el futuro es blanco. Uno conversa de los doctorados en Chile, de las múltiples posibilidades de salir de esta magra ciudad que, sin embargo, es parte del espíritu gris que a los dos nos conforma. Uno sueña con el Gran Viaje, ese que nos perseguirá por tenues caminos, que llenará la memoria de fotografías de la gente nueva, que abonará los recuerdos con palabras eternas. El futuro es blanco y limpio, y uno como que se agarra de la esperanza, de los anhelos, de las ganas, de la paz que por fin se alcanza y que permite ver con claridad que uno no está tan mal, que sólo son ratos, rachas de viento que no hacen daño. Allí está, frente a mí, la Tierra de Fuego, los glaciares, las grandes plazas… Y añoro el día en que partamos.

II
Un día de paz. Sentir que el agujero negro del pecho está cerrado. Saber que no hay vértigo. Ver cómo la familia crece, madura, se estabiliza. Ver cómo los amigos nuevos y viejos están, y se convierten en pasajeros importantes de los sueños que nos pertenecen. La salud, la planeación, el futuro, el libro, las palabras, el deseo, el trabajo, los estudios, la libre elección de trazar el tiempo venidero, la fortaleza, la esperanza… todo se vuelve una ventana en la que el otoño, por fin, se aleja.

III
No tenía nada qué decirle. Me miró con esos ojos como de vagabundo y empezó a charlar de literatura pero en términos de chisme, como novela popular: “Guadalupe Dueñas fue vetada por una de las Portillo”, me dijo. Me habló de Vasconcelos, del borderline y del Prozac; de Francisco de Rojas, la violencia, la crisis mundial y por alguna extraña razón, de los objetos. De pronto ya habíamos conversado por 45 minutos, y uno cae entonces en la cuenta de que la vida personal tiene tela de donde cortar.

28 de enero de 2009

Una cosa simple para sonreír...

En la noche de navidad, ella, con su inocencia,
quiso conquistar el mundo


Cobardía

Encuentro que el tren se fue. Que su silbato lentamente olvida lo que soy. Que su camino se pierde en el vapor de la lejanía. Avanzo y te encuentro a ti sentado en la banqueta, doblando las alcantarillas en busca del barquito de la infancia, con el pelo oliéndote a pegamento, con el soldadito derretido entre las uñas, te encuentro ciego. Entonces corro para huir de ti, para que mi vida no sea un hilo de titiritero, una simulación; para no quedarme hecho piedra como esas cariátides de tristes ojos que habitan en los jardines. Corro para irme detrás de tu ceguera, para no reconocerte, para no ser cualquiera. Detrás la última oportunidad extiende sus manos para alcanzar mis razones, me persigue, deambula entre mi pecho y mis sueños. Yo huyo de todo lo que no quiero ser, de todo lo que se refiere al otro, del otro que lleva intachable y soberbio mi propio nombre.

17 de enero de 2009

El Horno

La alquimia del infierno es convertir en olvido la memoria.
El dolor es tan fuerte como dormir dentro de un horno,
caverna donde el fuego avanza hasta consumir las piedras.
El cielo está hecho de las cenizas del recuerdo.
El final de las infancias son el sol oscuro,
el dolor más limpio vuelto polvo, el silencio que Sísifo murmura.


Angélica Maciel

Objetos

...La reflexión última es que mis objetos se encuentran pervertidos. Son un signo en el que el llamado cliché se rompe. Mi empeño me he convertido en amante de los fetiches. Vivimos rodeados de objetos, de esa “fauna domésica” que cita Baudrillard; sin embargo, a veces los ignoramos hasta sus últimas consecuencias porque los juzgamos tan tristemente como cosas inhumanas. Dice Ponge: el objeto existe en la otra mirada. En esa mirada quiero que descansen mis zapatos, mi peine, mi taza, mis pantuflas, mi lápiz, mi hoja de papel. No quiero que mis objetos sean entes inanimados, sino que vivan en la letra como un jabón que hace espuma al hacer a la palabra húmeda, blanca, resbalosa, como también cita Ponge. Avanza mi fascinación por las “instancias mudas” que en la modernidad se relacionan con nosotros en una mágica simbiosis: “el hombre necesita del objeto para vivir el cotidiano rumbo de la vida y el objeto necesita del hombre, como ente inanimado, para proyectar su función utilitaria”.